El legado del Daibutsu en Nara

Echa un vistazo al pasado budista visitando Todaiji

 Por Andrea Hinojosa   23/6/2016

A través de muchos siglos, un par de ojos han cuidado de Nara. Pertenecen al gran Buda Daibutsu, el buda de bronce más grande el mundo, quién ha permanecido en el mismo sitio por ocho siglos dentro del templo Todaiji.

Visto desde fuera, el templo impone autoridad por su gran tamaño y cierto respeto. Al acercarse, uno puede notar la madera descolorida y desaliñada, haciendo volar la imaginación de uno al visualizar un pedazo del pasado de Japón.

Lo más sorprendente, es ver la gran figura del buda sentado frente a ti, bañado en cierta oscuridad con muchas ofrendas frente a él. Lo rodea un gran círculo dorado, decorado con pequeñas figuras buda.

Te da la bienvenida con una sonrisa y los ojos entrecerrados, con su postura en meditación. Su figura solemne y relajada de cierta manera contagia a uno la paz y serenidad a la que todos los que comparten esta filosofía aspiran, sumándole el gran abrazo de incienso que recibes al comenzar a pasearte dentro del templo.

Ésta estatua fue construida bajo el mando del Emperador Shomu, comenzada en el año 728, con el propósito de contagiar la religión budista por todo Japón, incitando que Buda protegiera el país de los desastres que en ese entonces agitaban la nación.

La construcción de la estatua fue empezada en Shigaraki (prefectura de Shiga) y terminada en Nara hasta el año 751, mide 14.98 metros de altura.

En un principio, todo el complejo de Todaiji contenía dos pagodas de 100 metros de altura, destrozadas después por un terremoto. El edificio principal llamado Daibutsuden (el templo principal donde descansa el buda), la puerta principal llamada Nandaimon (“gran puerta del sur”), entre otros edificios. Lo que queda de la estructura original es 30% más pequeño de lo grande que una vez fue. Detrás del buda, se encuentran unas maquetas que muestran Todaiji originalmente y después de sus reconstrucciones.

Este templo también ofrece unos jardines muy verdes y hermosos, donde pastan una variedad de venados, símbolo de Nara, uno tiene la libertad acariciarlos. Es una experiencia muy divertida, así que lo recomiendo mucho.

Como dato curioso, uno de los pilares del templo tiene fama de regalar la iluminación divina a quiénes atraviesan por él por un agujero en la parte inferior. Así que si quieres garantizar la iluminación en tu próxima reencarnación, no olvides gatear a través de este pilar.

Escrito por Andrea Hinojosa
Miembro de JapanTravel

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